¿Por qué los humanos evolucionaron cerebros tan grandes? El secreto está en los amigos

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Los seres humanos son la única criatura ultrasocial del planeta. Hemos superado, nos hemos cruzado o incluso hemos matado al resto de especies de homínidos. Convivimos en ciudades de decenas de millones de personas y, a pesar de lo que nos dicen los medios de comunicación, la violencia entre individuos es extremadamente rara. Esto se debe a que tenemos un “cerebro social” extremadamente grande, flexible y complejo.

Para realmente entender cómo el cerebro mantiene nuestro intelecto humano, tendríamos que saberlo todo acerca del estado de todos los 86 mil millones de neuronas y sus 100 billones de interconexiones, así como las diferentes intensidades de sus conexiones y el estado de más de 1.000 proteínas que existen en cada punto de conexión. El neurobiólogo Steven Rose sugiere que incluso esto no es suficiente, y que aún necesitaríamos saber cómo estas conexiones han evolucionado durante la vida de una persona e incluso el contexto social en el que habría ocurrido. Podríamos tardar siglos sólo en averiguar la conectividad neuronal básica.

Muchas personas asumen que nuestro cerebro funciona como un potente ordenador. Pero Robert Epstein, psicólogo del Instituto Americano de Investigación y Tecnología del Comportamiento, dice que esto es sólo un razonamiento barato y está frenando nuestra comprensión del cerebro humano. Porque, si bien los seres humanos comienzan su vida con los sentidos, los reflejos y los mecanismos de aprendizaje, no nacemos con ninguna de la información, las reglas, los algoritmos u otros elementos claves del diseño que permiten a los ordenadores comportarse con algo de inteligencia. Por ejemplo, los ordenadores almacenan copias exactas de datos que persisten durante largos períodos de tiempo, incluso cuando se desconectan de la corriente. Nuestros cerebros, mientras tanto, son capaces de crear datos falsos o recuerdos falsos, y sólo mantienen nuestro intelecto mientras permanecemos vivos.

Somos organismos, no ordenadores

(Imagen ampliable) A medida que nuestros antepasados se hicieron más inteligentes, se volvieron capaces de vivir en grupos cada vez más grandes. Imagen: Mark Maslin, Author provided

Por supuesto, podemos ver muchas ventajas en tener un cerebro grande. En mi reciente libro sobre la evolución humana sugiero que, en primer lugar, permite a los seres humanos convivir en grupos de aproximadamente 150 individuos. Esto aumenta la resistencia a los cambios ambientales mediante el aumento y la diversificación de la producción de alimentos y el intercambio. [Puedes saber más acerca de los secretos del cerebro humano en esta interesante charla.]

Un cerebro social también permite la especialización de las habilidades que permite a las personas concentrarse en ayudar en el parto, la fabricación de herramientas, la producción de fuego, la caza o la asignación de recursos. Los seres humanos no tienen armas naturales, pero trabajar en grandes grupos y tener herramientas nos ha permitido convertirnos en el depredador ápex, llegando a cazar hasta la extinción animales tan grandes como mamuts.

(Imagen ampliable) Si, si, muy bonito. ¿Y qué hay de tu conocimiento sobre culebrones? Imagen: ronstik / shutterstock

Nuestros grupos sociales son grandes y complejos, pero esto crea altos niveles de estrés para los individuos porque las recompensas en términos de alimentos, seguridad y reproducción son tan cruciales. Es por esto que el antropólogo de Oxford, Robin Dunbar, argumenta que nuestro enorme cerebro se desarrolló principalmente para hacer un seguimiento de las relaciones interpersonales rápidamente cambiantes. Se necesita de una gran cantidad de capacidad cognitiva para habitar en grandes grupos sociales, y si te quedas rezagado del grupo pierdes el acceso a la comida y las parejas y es poco probable que te reproduzcas y transmitas tus genes.

Mis estudiantes universitarios llegan a la universidad pensando que son muy inteligentes, ya que pueden hacer ecuaciones diferenciales y entender el uso de los infinitivos partidos [un tipo de composición de frase en inglés]. Pero les señalo que casi todo el que camina por la calle tiene la capacidad de sostener los dilemas morales y éticos de por lo menos cinco telenovelas en su cabeza en cualquier momento. Y eso es lo que realmente significa ser inteligente. Es el conocimiento detallado de la sociedad y la necesidad de rastrear y controlar la relación siempre cambiante entre las personas que nos rodean lo que ha hecho nuestro enorme cerebro complejo.

Parece que nuestro cerebro podría ser aún más flexible de lo que pensábamos anteriormente. La evidencia genética reciente sugiere que el cerebro humano moderno es más maleable y se ve modelado por el ambiente circundante más que el de los chimpancés [si bien, como vimos en esta historia, comparte la misma estructura básica]. La anatomía del cerebro del chimpancé está fuertemente controlada por sus genes, mientras que el cerebro humano moderno está ampliamente modelado por el medio ambiente, independientemente de la genética.

(Imagen ampliable) Evolución en marcha. Imagen: OtmarW / shutterstock

Esto significa que el cerebro humano está preprogramado para ser extremadamente flexible; su organización cerebral está ajustada por el medio ambiente y la sociedad en la que crece. Así, la estructura cerebral de cada nueva generación puede adaptarse a los nuevos desafíos ambientales y sociales sin necesidad de evolucionar físicamente. [Ya vimos en esta historia como el cerebro humano es extraordinariamente creativo.]

Esto también puede explicar por qué todos nos quejamos de no llegar a entender a la próxima generación, ya que sus cerebros están conectados de manera diferente, pues han crecido en un entorno físico y social diferente. Un ejemplo de esto es la facilidad con la que la última generación interactúa con la tecnología casi como si hubiera coevolucionado con ella.

Así que la próxima vez que enciendas un ordenador, recuerda lo grande y complejo que es tu cerebro, para mantener la pista de tus amigos y enemigos.

Artículo original publicado en The Conversation, escrito por Mark Maslin, profesor de paleoclimatología de la University College London, junto con otros puestos. Revisado y traducido por ¡QFC!

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2017-06-29T01:22:17+00:00